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Evolución del «Muñeco diabólico» en ocho películas

 

Evolución del «Muñeco diabólico» en ocho películas

Chucky

Chucky

El reboot de ‘Muñeco diabólico’ supone un definitivo punto y aparte para una serie que se ha prolongado a lo largo de tres décadas, siempre continuándose entre sí en lo argumental, hasta el punto de incluso respetar el paso del tiempo real. MGM ha decidido dar carpetazo a la versión del muñeco que Don Mancini ha desarrollado a lo largo de estos años y prescinde por primera vez de la voz del carismático Brad Dourif para dar vida a Chucky, sustituido en esta nueva versión por un también estupendo Mark Hammill.

Sin embargo, la saga original de ‘Muñeco diabólico’ está llena de hallazgos: desde una trilogía original más o menos fiel a las reglas de los psycho-killers a la sarcástica dupla con familia disfuncional de látex, pasando por dos últimas e inesperadas entregas, un par de monumentos metarreferenciales que son toda una celebración para los fans de la saga. Y llegando, por supuesto, a la nueva entrega, que da un volantazo en los orígenes e intenciones de Chucky, y le inyecta una nueva dosis de mala baba muy apropiada para la era de la hiperconectividad. 

Las revisamos todas en una lista que quiere ser tu amiga («Hi-de-ho!») hasta el final o hasta donde le dejes. No olvides la caja de herramientas y comprueba que las pilas están incluidas. 

Muñeco diabólico (1988)

Con apenas 9 millones de dólares de presupuesto y más de 40 de recaudación, ‘Muñeco diabólico’ se convirtió en uno de los grandes éxitos del cine de terror de finales de los ochenta. Fue paradigma de una época en la que ‘Pesadilla en Elm Street’ iba ya por su cuarta entrega, con Freddy convertido en una superestrella, y Jason prácticamente era una grotesca caricatura de sí mismo en la séptima entrega de ‘Viernes 13’. 

De hecho, el género slasher se había agotado en su derivación inicial de asesino en campamento juvenil e introducía la fórmula sobrenatural para acercarse a Elm Street y justificar secuelas sin fin. El argumento de ‘Muñeco diabólico’ abraza desde los mismos títulos de crédito el componente fantástico con la historia de un asesino en serie, Charles Lee Ray (Brad Dourif), perseguido por un policía (Chris Sarandon) y que gracias a un conjuro de magia negra transfiere su alma a un muñeco de moda en una juguetería.

El resto de la película juguetea con un peculiar giro de las convenciones de las historias de muñecos maléficos: el espectador sabe, sin ningún lugar a dudas, que el muñeco que recibe como regalo el pequeño Andy (Alex Vincent) está poseído. Las dudas con las que juegan otras películas del género son eliminadas de un plumazo, lo que hace que también se pierda la atmósfera de pesadilla o la falta de contacto de la realidad de películas como ‘Trilogía de terror’ o el episodio ‘The Living Doll’ de ‘The Twilight Zone’, confesos precedentes del guionista Don Mancini. 

En su lugar, lo que tenemos es una película que muestra lo fantástico con una cotidianeidad poco habitual en la época, y que introduce a los personajes en tramas criminales, asesinatos mundanos y viajes por los barrios más deprimidos de la ciudad, en secuencias que parecen dialogar con alguna idea visual de ‘Candyman’. Aún estábamos lejos del delirante y pesadillesco climax de ‘Muñeco diabólico 2’, o de la familia más disfuncional del mundo en ‘La novia de Chucky’ y ‘La semilla de Chucky’.

Aquí, en cambio, tenemos un asesino psicópata que, sencillamente… es un muñeco. Y que además no tiene la menor intención de seguir siéndolo mucho tiempo. La película, pese a su humor, se toma pasmosamente en serio a sí misma y a su ridícula premisa, lo que le da un tono muy especial y francamente aterrador. Solo en algún momento juguetea con la idea que le da forma y se pone en modo meta, como cuando Chucky, un muñeco que ha adquirido vida, usa otro muñeco, éste de vudú, para torturar a una víctima. 

Este tono, derivado de la raíz policiaca del enfoque, fue un afortunado volantazo conceptual que lo alejó de la primera idea de Mancini, un guión titulado ‘Blood Buddy’, mucho más tópico, donde Chucky ejecutaba las órdenes subconscientes de Andy. ‘Blood Buddy’ mantenía hasta el final la duda de quién era el asesino en realidad. La primera reescritura, del estimable y poco prolífico John Lafia, suavizaría la personalidad del niño, reorientando la película en la dirección actual.    

Aún así, el guión de Lafia sería notablemente recortado para reducir la presencia de Chucky y buscando un efecto a lo ‘Tiburón’, es decir, que el monstruo fuera aterrador por lo poco que se le viera. Entre las escenas que se cayeron del guión estaban un ataque inicial de Charles Lee Ray a una mujer (excelente idea el empezar, en los mismos créditos, con el ritual en la tienda de juguetes), Andy contando detalles a Chucky sobre su padre desaparecido y un final mucho más extenso, con un enfrentamiento que incluía un coche teledirigido con un cuchillo y un soplete de productos corrosivos.

Gracias al excelente pulso de Tom Holland (uno de los directores de terror más infravalorados de la época, responsable de joyitas como ‘Noche de miedo’ o ‘Maleficio’), ‘Muñeco diabólico’ exhibe un pulso único, entre el terror, el policiaco y la comedia, y al que solo volverían ocasionalmente las secuelas. Un punto de partida extraordinario para un mito del terror moderno que aún daría guerra de muchas y muy variadas formas. 

Muñeco diabólico 2 (1990)

Ya en el arranque de los noventa, ‘Muñeco diabólico’ generó una secuela que no fue producida por United Artists, ya que ésta fue adquirida por una compañía que no estaba interesada en producir terror (y que es por lo que algunas ediciones domésticas del film no incluyen la primera parte). Una puja de los derechos llevó la franquicia a Universal, que inyectó unos pocos millones extra en el presupuesto, hasta llevarlos a 13 para que las apariciones de Chucky fueran más abundantes y creíbles, ya completamente en la onda del estilo Krueger.

El resultado es indiscutiblemente más comercial que la primera entrega, especialmente en la estructura de su guión, que sigue las directrices de un psycho-killer al uso: aquí, Chucky es reconstruido porque así es como funciona el capitalismo, y de nuevo bajo la personalidad de Charles Lee Ray persigue a Andy -ahora dando tumbos por casas adoptivas, ya que ha sido separado de su madre- para poder salir del cuerpo del muñeco Good Guy.

‘Muñeco Diabólico 2’ carece del brío de la primera entrega al ser más previsible, pero rebosa hallazgos visuales y de puesta en escena. Uno de los principales es el propio muñeco, creado por el maestro del látex Kevin Yagher, que se aprovecha de la subida de presupuesto y propone el mejor Chucky de la franquicia, expresivo y caricaturesco, pero con cierto realismo humanoide que lo sitúa por encima del Chucky de entregas posteriores -como el de ‘La novia de Chucky’, algo más agarrotado-.

Pero la película también rebosa detalles muy interesantes de humor, con un punto reflexivo y metarreferencial, y que van desde los soberbios títulos de crédito, que muestran la reconstrucción de un Good Guy, a la propia idea del psycho-killer como parte de una cadena de montaje. Todo hasta llegar a la conclusión, en una fábrica de juguetes donde los cientos de cajas de muñecos como Chucky dan pie a un decorado a medio camino entre lo onírico y lo post-industrial, generando una de las mejores secuencias de la saga.

El resultado oscila entre la secuela al uso que sigue las reglas del juego, y una segunda parte decidida a distanciarse de su precedente y con destellos de inventiva muy interesantes. John Lafia, que reescribió el guión de la primera entrega, se sentó aquí en la silla de director mientras que Mancini asumía toda la responsabilidad del texto. La combinación de talentos no arrojó malos resultados: extraña a su manera, decididamente divertida y con algunos de los mejores efectos de la serie (como en la matanza final, con plástico derretido y maquinaria industrial) ‘Muñeco diabólico 2’ es imprescindible para los devotos de la franquicia.

Muñeco diabólico 3 (1991)

Debido al notable éxito de la segunda entrega, comparable al de la película inicial, Universal exigió una tercera parte casi de inmediato, lo que llevó al estreno con solo nueve meses de diferencia con respecto a la anterior. Unas prisas que sin duda impactaron en la calidad final de la que acabó siendo la entrega más desganada y convencional de las peripecias de Chucky. Aún así, mantuvo algún que otro punto de interés.

Esta vez, un Andy ya adolescente es enviado a una academia militar. Chucky es, de nuevo, revivido por accidente, y el muñeco irá en busca de su antiguo dueño, como siempre intentando salir de su cuerpo. Un punto de partida algo perezoso pese a lo atractivo del entorno militar y las posibilidades como decorado para un slasher al uso, y cuyo principal atractivo es sin duda la transformación de Chucky en estrella total de la función, con efectos animatrónicos muy interesantes aunque menos sofisticados que los de la segunda parte.     

Las prisas para estrenarla sin duda repercutieron en un guión que a menudo funciona con el piloto automático (con los asesinatos de algunos de los militares planteados de forma algo rutinaria), e impidieron que Mancini desarrollara una idea estupenda: que hubiera varios Chuckys poseídos simultáneamente, reciclada en ‘Cult of Chucky’. En cualquier caso, ‘Muñeco diabólico 3’ perduró como la entrega más convencional de la franquicia, pero disfrutable como un slasher del montón, derivativo pero divertido sobre todo en su tramo final, en un tren de la bruja (literal) tan memorable como insensato.

La novia de Chucky (1998)

Después de unos años en barbecho, David Kirschner -productor de la serie desde su primera entrega- y Don Mancini decidieron reformular la saga a la sombra de la nueva oleada de cine de terror autoconsciente y absolutamente dirigido al público juvenil abanderada por el éxito de ‘Scream’. El resultado fue un éxito, recaudando el doble de sus 25 millones de dólares de presupuesto, récord de la franquicia hasta hoy, y relanzando la figura de Chucky como un asesino ya entregado al humor y la violencia.

Mancini y Kirschner acordaron olvidarse en esta entrega de Andy, y se centraron en las peripecias del propio Chucky, que aquí encuentra una compañera a su altura. En este caso, Tiffany (Jennifer Tilly), una desequilibrada asesina que tuvo una relación en su día con Charles Lee Ray. Tras devolver a Ray al cuerpo del muñeco Good Guy, ya lleno de remiendos y cicatrices, ella misma acaba en el cuerpo de una muñeca, y juntos intentarán, engañando a unos adolescentes fugados, recuperar su presencia corpórea original.  

Para dirigir la película, Kirschner y Mancini se fijaron en Ronny Yu, que les había impresionado con el clásico moderno hongkonés del cine de fantasmas ‘La novia del cabello blanco’. Yu aceptó a cambio de poder contar con dos de sus colaboradores habituales, Peter Pau (director de fotografía) y David Wu (edición). Tras la chino-americana ‘Guerreros de la virtud’, esta es la primera incursión total de Yu en el cine de Hollywood, periplo de donde salió también la excelente ‘Freddy vs. Jason’.

El sello de Yu se percibe a ratos en la película, pero sobre todo en el tramo final en el cementerio, absolutamente onírico y que parece salido de una de las películas de fantasmas del director. El resto se mueve por cauces más o menos conocidos en lo visual, con ocasionales alardes pero sin estridencias, lo que acaba cuajando, paradójicamente, en una de las entregas por las que peor ha pasado el tiempo. Su irritante reparto juvenil, su estilo visual reverente a las reglas de moda de entonces dan como fruto una película divertida, pero algo caduca.

También el guión de Mancini está demasiado pendiente de cómo convertirse en una versión con Chucky de ‘Scream’, y trufa todos los diálogos de referencias, a veces más inspiradas y sutiles (el paseo inicial por los armarios de pruebas en la comisaría), a veces demasiado obvias (la muerte de Tiffany acompañada de ‘La novia de Frankenstein’ está estupendamente bien rodada -además recupera un asesinato no filmado de la primera entrega-, pero el guiño resulta algo postizo). La película, en fin, funciona mejor cuando no tiene necesidad de demostrar todo el rato lo ingeniosa que es.

Sin duda, ‘La novia de Chucky’ triunfa más en el terreno del terror grotesco y sanguinolento que cuando se centra en el chiste autorreferencial. Los últimos compases de la película (literalmente: el ultimísimo giro) podrían haber sido concebidos por un Henenlotter o un Larry Cohen desfasado, y la secuencia de sexo entre los muñecos es un buen revulsivo por la vía del delirio para el limpísimo cine de terror de la época. Lo cierto es que Jennifer Tilly está divertidísima y muy entregada a su necio personaje, y el conjunto es moderadamente salvaje y rompedor, pero el conjunto da la molesta sensación de que tras cada línea de diálogo, Chucky hace una pausa para que el espectador se ría.  

La semilla de Chucky (2004)

Aunque ‘La novia de Chucky’ y ‘La semilla de Chucky’ se entienden como dos películas sucesivas y muy relacionadas entre sí, lo cierto es que entre ambas pasaron seis años, casi los mismos que entre las mucho más escalonadas estilísticamente ‘Muñeco diabólico 3’ y ‘La novia de Chucky’. Pero la idea de la película estaba sobre la mesa desde el mismo momento en el que se certificó que la historia del romance entre Chucky y Tiffany había sido un éxito

Sin embargo, el guión que planteó Mancini era algo menos complaciente: los dos muñecos tienen un hijo, que después de una triste vida como siniestro muñeco de ventrilocuo se reencuentra con sus padres. Estos elaboran un complejo plan para poseer al hijo nonato de Jennifer Tilly (la actriz, obviamente interpretada por ella misma), inseminada por el propio Chucky y cuyo embarazo avanza a toda velocidad. Como la propia película, de hecho, que se guarda un giro de guión hacia la insania y el disparate total prácticamente después de cada escena.

Para entender la diferencia de tono entre ‘La semilla de Chucky’ y su precedente, basta con acudir a sus referentes: si la de ‘La novia…’ era ‘La novia de Frankenstein’, la de ‘La semilla…’ es ‘Glen of Glenda’, pieza clave del cine de Ed Wood Jr. que Mancini usó para hablar de disforia de género a través del hijo de Chucky y Tiffany. La película fue descartada en su momento por Universal por ser «demasiado gay», y Focus Features -que buscaba una película que prolongara el éxito de ‘Cabin Fever’- asumió la producción años después.

‘La semilla de Chucky’ tiene un tono más venenoso y menos complaciente que su predecesora (la presencia de John Waters en un espléndido papel secundario es reveladora), y le sienta estupendamente el no tener que rendir pleitesía a las modas imperantes en el cine de terror. El propio Mancini se encarga de la dirección y el resultado es una de las películas más personales y extrañas de la serie: el personaje de Glen (o Glenda) no siempre funciona bien como réplica de Chucky y Tiffany, pero la metaficción de una Jennifer Tilly absolutamente estúpida haciendo lo que sea por un futuro papel de Virgen María tiene como resultado una sátira del mundo del cine mucho mejor encaminada que los chistes paródicos de ‘La novia de Chucky.’   

Lo que sí hizo ‘La semilla…’ fue plantear a Mancini como timonel absoluto de la saga (con Kirschner siempre a su vera), lo que le llevaría a escribir y dirigir las dos siguientes entregas, en una soberbia deriva de la franquicia. ‘La semilla de Chucky’ queda, pues, como una extravagancia lejos de la perfección, pero que certifica el fallido intento de la serie de centrarse más en los muñecos que en los personajes humanos. No es la mejor de las soluciones, pero ‘La novia…’ y ‘La semilla…’ perduran como dos reflexiones sobre la mitología Good Guy que, sin duda, encontraría una reorientación más interesante en siguientes entregas.

La maldición de Chucky (2013)

Cuando ya nadie daba demasiado por la franquicia, ésta recibió un impulso inesperado gracias a la devoción que Mancini tiene hacia su propia criatura. Consciente de que con el recurso del humor y la autoparodia había dirigido a Chucky hacia un callejón sin salida, planteó una revitalización de la saga devolviéndola a sus orígenes. La idea inicial, de la que se habló en 2008 por primera vez, era la de hacer un reboot y recuperar el tono inquietante de la película inicial, con Chucky como letal secundario en la sombra.

Después de dimes y diretes durante unos años, y tras el fracaso en taquilla de propuestas como el reboot de ‘Pesadilla en Elm Street’, la criatura resultante fue otra. La produjo Universal con un magro (pero muy bien aprovechado) presupuesto de 5 millones de dólares y la destinó al mercado doméstico: ‘La maldición de Chucky’, que durante años fue conocida como ‘Revenge of Chucky’. Se trata de una secuela con todas las de la ley, que continúa a grandes rasgos la trayectoria de posesiones de mucñecos de Charles Lee Ray, pero volviendo al tono misterioso de la primera entrega. 

Se renueva completamente el plantel de intérpretes: Nica (Fiona Dourif, en efecto, hija de su padre Brad Dourif, que sigue dando voz y personalidad a Chucky) es una joven con las piernas paralizadas que vive con su madre en una vieja mansión. Un día, un muñeco Good Guy (nuevo), de procedencia desconocida, llega a la casa. Esa misma noche, la madre muere asesinada: el resto de la familia de Nica se instalará en la casa para preparar el sepelio, pero ignoran que el aparentemente inofensivo muñeco Good Guy tiene oscuras intenciones.

Infinitamente más sutil que ‘La novia…’ y ‘La semilla…’, pero muy consciente de que trata con material mítico, ‘La maldición de Chucky’ es un singular y muy divertido grand-guignol gótico (la mansión como escenario y la parálisis de Nica son elecciones de guión tan arbitrarias como clásicas y acertadas), con estructura de ficción a lo ‘Quién es el asesino’… aunque todos sabemos quién es el asesino. El guión y la realización de Mancini juegan continuamente a fingir que mantienen el suspense, pero a la vez son conscientes de que todos sabemos cuál es el secreto de la película.

Apoyada en excelentes interpretaciones (Fiona Dourif es, quizás, la mejor actriz que ha participado a la franquicia, en una elección de casting inquietante -el parecido físico con su padre es pasmoso- pero afortunadísima), ‘La maldición de Chucky’ juguetea con la atmósfera, el gore ocasional y muy bien ejecutado, y las expectativas del espectador. La reformulación física de Chucky funciona, y los efectos animatrónicos son modestos pero adecuados a esta nueva/vieja visión del personaje. Una afortunada revitalización, quizás no tan borrón y cuenta nueva como le hubiera gustado a Mancini, pero francamente refrescante.     

Cult of Chucky (2017)

En la conclusión de ‘La maldición de Chucky’ (y una secuencia post-créditos), se trazaba de forma inesperada un puente con el resto de la franquicia, atando cabos sueltos con tono despreocupado e ingenioso. También se detectaba cierta voluntad de serializar la saga y darle un sentido común a toda la historia, lo que es un auténtico sinsentido, teniendo en cuenta la variedad de tonos, ambientaciones y personajes por las que ha pasado.

En cualquier caso, esa voluntad serial se corroboró con ‘Cult of Chucky’, en la que Mancini retomó la idea de los Chuckys múltiples y continuó directamente la historia donde la abandonó ‘La maldición…’. Nica, acusada del asesinato de casi toda su familia, es enviada a una institución donde se convence de que fue ella misma la asesina. Pero la aparición no de uno, sino de varios muñecos Good Guy trastoca la paz del sanatorio y comienzan los crímenes de nuevo… a la vez que acuden viejos amigos a la cita con Chucky.

‘Cult of Chucky’, debido a su naturaleza derivativa y a la pérdida del factor sorpresa, se sitúa un escalón por debajo de su inmediata predecesora, pero conserva muchos de sus elementos clave, aparte del regreso de Fiona Dourif, aquí algo menos inquietante y más enloquecida. El principal es el empleo de un solo escenario, allí la mansión y aquí un sofisticado sanatorio mental, que da un aire casi futurista y aséptico al entorno, aunque esta sea una de las entregas más perversas e insanas de la saga.

También es, sin embargo, una entrega inusualmente cuidada en lo visual. Algunos de los crímenes, tanto desde el punto de vista estético (la muerte de la paciente paralizada con sedantes) como en el uso de una violencia refinada y brutal, son comparables a los de producciones que quintuplican en presupuesto a ‘Cult of Chucky’. Es asombroso que Universal haya destinado estas producciones al mercado doméstico: es cierto que son derivativas y están concebidas por y para fans, pero la intensidad de sus imágenes y su relativa originalidad está fuera de toda duda. Aún así, ‘Cult…’ vuelve a llegar a un nuevo callejón sin salida: lo enrevesado y demencial del argumento obligó a dar un giro a la serie.

Muñeco diabólico (2019)

Cuando MGM se planteó relanzar la franquicia, esta vez sí, con un reboot total, un rediseño integral del muñeco y un planteamiento argumental abiertamente inspirado en la primera entrega de los ochenta, no contó con Kirschner (más que a título nominal) y Mancini (sustituido por los debutantes Lars Klevberg como director y Tyler Burton Smith como guionista). Mancini ha preferido seguir a lo suyo, y ha anunciado que estrenará la serie ‘Chucky’ en 2020 en Syfy con la colaboración de Nick Antosca.

Dejando aparte el feo detalle de que no se haya contado con Mancini ni siquiera de forma testimonial, lo cierto es que esta reformulación de la primera ‘Child’d Play’ funciona francamente bien: como en la primera entrega, una mujer soltera y de limitados recursos (sensacional como siempre Aubrey Plaza, que inyecta inesperados humor y humanidad en el papel de la atribulada madre de Andy) consigue para su hijo (Gabriel Bateman) y por vías no oficiales un muñeco que es la sensación de momento.

El cambio radical que presenta este nuevo ‘Muñeco diabólico’ es que aquí no tenemos una entidad malvada poseyendo un cascarón aparentemente inofensivo, sino un objeto que ya lleva el mal de fábrica. Se trata de un dispositivo inteligente al que se le han eliminado (en un prólogo ridículamente efectivo) todos los límites de vocabulario y comportamiento, lo que hace que este muñeco Buddi se comporte como un auténtico asesino cuando no termina de cumplir con la función para la que ha sido programado: ser el mejor amigo posible.

Tenemos, así, una historia de tecnología volviéndose loca que se distancia del modelo slasher y entra en una especie de versión suave de un episodio de ‘Black Mirror’ especialmente macabro, solo que denota una inteligencia en su propuesta ciertamente inesperada. Tiene sentido que esta especie de Alexia humanizado sea tan rematadamente feo, como lo son todos los juguetes tecnológicos de aspecto antropomorfo que se rebozan en el valle inquietante, y es entre líneas donde hay que buscar una despiadada crítica a empresas como Amazon o Apple y a su insaciable necesidad de rapiñar nuestra privacidad.

Niños que sustituyen a sus padres por tecnología punta, cámaras y sistemas de vigilancia horriblemente normalizados en el día a día, consumismo en serie para suplir las carencias más elementales… ‘Muñeco diabólico’ subraya la modesta vida que llevan Andy y su madre para que contraste con lo banal y ostentoso de la llegada de la nueva tecnología a su casa, y lo hace en un entorno de humor, guiños a los ochenta (de las películas de robots asesinos a los grupos de niños enfrentándose a criaturas del averno) y, por supuesto, con la magnífica labor de Mark Hammill como voz de Chucky, que impide que se eche demasiado de menos a Brad Dourif.

Este nuevo Chucky ya ha arrasado en taquilla, por lo que cabe esperar nuevas entregas del Buddi de aspecto alienígena, formulado como una versión perversa de ‘E.T. el extraterrestre’. Y Mancini sigue por su lado, con una serie que esperamos que prosiga con el alto grado de complicidad y autoconsciencia de la saga madre. Sabemos que Chucky no puede morir, pero es agradable que los hechos lo confirmen de forma incansable, película tras película.

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